Kanzi es un bonobo macho con habilidades lingüísticas avanzadas. Es capaz de comunicarse a través del lenguaje de signos además de a través de un teclado con símbolos. En una excursión a los bosques de Georgia, señaló a los símbolos de “malvavisco” y “fuego” y, con el uso de unas cerillas y unas ramas hizo una pequeña hoguera. Allí, con la ayuda de un palo, calentó unas nubes de golosina.

 No nos cabe duda de que Kanzi es inteligente. Ahora bien, ¿Qué es la inteligencia? Llamamos inteligente al compañero de clase que saca las mejores notas o a nuestro gato cuando aparece al poco de oír el ruido que hace la bolsa del pienso. Tenemos una idea intuitiva de lo que es, pero cuanto más tratamos de definirlo nos damos cuenta de lo compleja que es. 

 El concepto de inteligencia tiene su origen en el latín intelligentia: la capacidad para discernir. Podríamos entender la inteligencia como la capacidad que permite elegir los caminos apropiados para solucionar un problema. No obstante, aún a día de hoy la definición de inteligencia sigue siendo tema de debate. 

 Más complicado aún es cómo medir la inteligencia. Si le preguntase al lector cuanto mide de altura, me respondería probablemente en metros o centímetros. Pero, ¿Qué diría si le preguntase cuanto mide su inteligencia? La pregunta ahora se vuelve mucho más compleja de lo que aparentaba ser. No tenemos una unidad de medida como el metro para la inteligencia, tenemos, por tanto, que buscar una forma alternativa de medirla y estudiarla.
 Hasta la fecha, la mejor forma de saber que alguien es más inteligente que otro es poniendo a prueba a ambos a tareas de distinta complejidad. Los tipos de tareas usados en humanos son diversos: algunos, por ejemplo, tratan de medir las capacidades matemáticas, otros, habilidades lingüísticas y otros, capacidad de abstracción. El lector podrá estar de acuerdo en que no necesariamente estas habilidades son reflejo de la inteligencia de la persona.

 Eso no nos impide, por otra parte, hacer intentos de medir comportamientos que entendemos como inteligentes, como el lenguaje o la resolución de problemas, y posiblemente, intuir la inteligencia no solo en humanos, sino en animales, y hasta en plantas.

 Kanzi nos puede enseñar mucho sobre lo que es la inteligencia y el aprendizaje, al igual que los ratones, que han demostrado tener la capacidad de resolver laberintos o presionar palancas para que se abran puertas. Se han observado a cuervos utilizar ramas como herramienta para obtener alimento y a ballenas aprender “canciones” de otras ballenas. Incluso las plantas excretan un compuesto químico que avisa del peligro a otras plantas cuando se les expone a sonidos de gusanos comiendo hojas.

 Extender el concepto de inteligencia a otros animales (e incluso plantas) nos hace preguntarnos cuándo surge la inteligencia en la evolución, o incluso: ¿Cuál es el organismo más simple con inteligencia? 

 Por ahora ese galardón se lo lleva el moho mucilaginoso, por haber demostrado, en un entorno de laboratorio, ser capaz de resolver laberintos e incluso imitar la forma de los sistemas de raíles de tren entre distintas ciudades japonesas y británicas, siendo en algunos casos mejores las conexiones que hacía el hongo que las reales.

 Podríamos ir más allá y hablar de inteligencia en colonias de bacterias, y de hecho,algunos expertos apoyan el concepto de “inteligencia microbiana”. Una forma de inteligencia que se refiere a la capacidad de comunicación de las bacterias, permitiéndolas ajustarse al medio de distintas formas. Por ejemplo, las colonias de E. coli pueden desarrollar la habilidad de asociar altas temperaturas (como las del interior de la boca humana) con la falta de oxígeno (como pasa en el intestino). Cuando se las expone a altas temperaturas, alteran su metabolismo anticipándose a la escasez de oxígeno. Parece que al menos algunos tipos de bacteria pueden aprender por asociación.

 Hemos visto qué es la inteligencia, pero ¿sería posible crear inteligencia similar a la humana? ¿Pueden las máquinas pensar? ¿Cómo podríamos saberlo?

 El test de Turing pretende responder a esa misma pregunta. Alan Turing propuso que una persona evaluase la conversación de texto entre dos individuos. Uno de ellos sería humano y otro, una máquina. El evaluador no debía saber cual ellos era una máquina. Al final de la conversación, el evaluador tenía que diferenciar entre humano y máquina. Si no fuese capaz, la máquina habría aprobado el test de Turing.

 A día de hoy ninguna máquina ha pasado el test de Turing, pero sí se han llegado a crear inteligencias artificiales capaces de mantener una conversación, jugar al ajedrez, reconocer palabras en la voz o incluso imitar la música de Mozart o el estilo de pintura de Van Gogh. 

 Nos queda mucho por entender de la inteligencia, cómo estudiarla y mucho por crear inspirados en ella. El estudio y desarrollo de la inteligencia es un espacio aún sin explorar donde se podrían estar ocultando los próximos avances en ciencia y tecnología.