MARIO RODRÍGUEZ; Un pequeño giro a la izquierda

Allá por el año 1953, tras una breve pero intensa carrera científica por el descubrimiento de la estructura del Ácido Desoxirribonucleico (ADN), la revista Nature anunciaba la solución propuesta por Watson & Crick, destinada a resolver la estructura del ADN. Como en toda competición que se precie, Watson & Crick no eran los únicos sobre el asfalto, pues en las calles paralelas se encontraban figuras tan notables como Linus Pauling (Premio Nobel de Química y Premio Nobel de la Paz) o Rosalind Franklin.
Watson & Crick únicamente se dedicaron a recabar e interpretar la información que otros científicos habían ido publicando a lo largo de los años, de modo que el término “descubrimiento” quizá no se ajustara por completo a lo que ellos habían logrado. Aun así, en la ceremonia de los premios Nobel de 1962, se les llamó a recoger el galardón por “sus descubrimientos acerca de la estructura molecular de los ácidos nucleicos y su importancia para la transferencia de información en la materia viva”. Con posterioridad, el modelo que presentaron, pasó a llamarse “Modelo de Watson & Crick” o ADN-B.

Unos años más tarde, a finales de la década de los 70, un adelanto en las técnicas de caracterización del ADN permitió realizar el estudio sobre moléculas individuales. La primera molécula en ser estudiada gracias a esta técnica fue un hexámero de C-G sintetizado artificialmente. En contra de lo esperado, la forma ADN-B parecía no estar presente en los primeros análisis. En vez de ello, los científicos encontraron moléculas levógiras con dos cadenas anti-paralelas, dispuestas en forma de zigzag (hecho por el que esta forma del ADN recibe el nombre de ADN-Z). Todo parecía ser un error, y los investigadores al cargo del trabajo pensaron en un primer momento en errores de la técnica o artefactos causados por las condiciones de experimentación. 

A pesar de ello, los resultados en condiciones idénticas se repetían, lo que indicaba que aquello no era un error sino algo real y tangible. La organización de tal molécula distaba de todo lo predicho con anterioridad, y no se sabía a ciencia cierta cuál podría ser la función de esta variación. Rápidamente comenzaron a aparecer estudios que asociaban modificaciones químicas del ADN, (como metilación en las citosinas) y la presencia de cationes, (como la espermina o la espermidina) con una estabilización de la forma Z del ADN. Además, las secuencias en las que se hacía más favorable la transición eran aquellas con alternancia C-G.

Tras muchos años de investigación, a mediados de la década de los 80, la mayoría de grupos de investigación que se habían dedicado al estudio del ADN-Z decidieron abandonarlo. Sin embargo, aún quedaron científicos que defendieron su estudio. Tal es el caso de Alexander Rich, quien curiosamente resultaba ser pupilo de Linus Pauling.

Aún sin respuestas claras sobre la función de este Z-ADN, se retomaron investigaciones anteriores que revelaban una alta propiedad inmunogénica (antigénica) de esta disposición molecular (el ADN-B, por el contrario, carecía de potencial inmunogénico). Todo ello llevó a descubrir que en algunas enfermedades autoinmunes, como el lupus eritematoso se encuentran presentes anticuerpos específicos para el ADN-Z.

Posteriormente, se hicieron estudios que tenían como objetivo conocer la distribución de las secuencias formadoras de ADN-Z a lo largo del genoma. Curiosamente, estas secuencias parecían encontrarse cerca del inicio de la transcripción, llegando a estar presente en aproximadamente un 80% de los genes humanos, pero no así en los pseudogenes (genes que por algún motivo han dejado de transcribirse o expresarse).
Lógicamente, el Z-ADN debía tener alguna función biológica. Si así era, debían existir proteínas que tuvieran afinidad por él. De este modo, comenzó la búsqueda exhaustiva. Al poco tiempo, ya entrada la década de los 90, se obtuvieron resultados relevantes, llegándose a la conclusión de que existían proteínas de unión a Z-ADN, y además un dominio de unión muy conservado. Sin embargo, pese a que podían estar involucradas en la regulación de la transcripción, parecían no tener ningún tipo de sentido biológico.
Casi 10 años después, en 2003, se consiguió caracterizar el dominio de unión a ADN-Z del virus Vaccinia, lo que supuso un gran descubrimiento, pues dicho dominio parecía estar implicado en la patogenicidad del virus. Además de ello, tenía función anti-apoptótica. Gracias a esta revelación, se está proponiendo el desarrollo de nuevos fármacos antivíricos. 
El Z-ADN es un ejemplo de descubrimiento hecho por accidente. O mejor llamado, serendipia. Sin embargo, el término de serendipia no es equiparable con el de casualidad. Tal y como decía Louis Pasteur, “La suerte favorece únicamente a las mentes preparadas”. Y eso es lo que sucedió en este caso, de no haber existido un gran elenco que supo discriminar entre un error y un resultado real, aún hoy no sabríamos de la existencia del ADN-Z.

También es un ejemplo del oportunismo de la naturaleza. Quién sabe si el la existencia del ADN-Z es una pura casualidad, o bien tiene algún tipo de función. “Si existe, es porque puede ser utilizado”, suele ser el pensamiento general entre los biólogos. Y así es, el ADN-Z, gracias a su estructura dinámica, podría estar implicado en un gran número de funciones biológicas, como son regular los movimientos de la RNA polimerasa, prevenir la formación de bucles y la acción de las secuencias potenciadoras, regular la recombinación, etc. Sin embargo, aquí nos encontramos ante una excepción, pues a día de hoy, parece ser que el único organismo que ha conseguido explotar dichas funciones ha sido el virus Vaccinia

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