El cáncer, un famoso desconocido
La realidad es que el cáncer está de moda hoy en día, mal que nos pese. Todo el mundo habla y discute sobre cáncer. Sin embargo, ¿qué sabemos realmente la gente de a pie sobre el cáncer? La mayoría de las veces cuando nos enfrentamos a un concepto, viene bien mirar hacia el pasado. La etimología, el estudio del origen de las palabras, es un gran aliado en estos casos, aunque en muchas ocasiones no lo tengamos claro. Cáncer proviene de la palabra latina “cáncer”, que significa curiosamente cangrejo, y de su derivado griego “karkínos”. Probablemente hayáis oído hablar en alguna ocasión sobre “carcinoma”, que no es más que una derivación de la palabra griega.
¿Y qué tiene que ver el cangrejo con el cáncer? Varías analogías han tratado de explicar esta relación: las patas del cangrejo asemejando las ramificaciones de un tumor en su enredado avance, la obstinación y la tenacidad con la que este animal atrapa a sus presas, o la dureza del caparazón en los tumores duros. En cualquier caso, estamos hablando de una comparación que estigmatiza y nos presenta el cáncer como un monstruo horrible.
Entonces, ¿cómo funciona esta enfermedad que se asemeja a un cangrejo? En primer lugar, el cáncer no se trata de una enfermedad, sino de un conjunto de enfermedades amplísimo y heterogéneo. Existen más de 200 clases de cáncer descritas. Dicho esto, muchas afirmaciones que escuchamos en nuestro día a día tienen poco sentido. “Ojalá encuentren pronto una cura para el cáncer” “Entiendo lo que se sufre, mi primo tuvo cáncer” “Han descubierto una pastilla que cura el cáncer”. ¿Podemos hablar tan a la ligera de cáncer en general? Para que nos entendamos, hablar de cáncer en abstracto es tan absurdo como llamar por teléfono a un local de comida rápida y pedir una pizza sin especificar el tipo (Carbonara, Hawaiana, Barbacoa…) ni ningún ingrediente. ¿Os parecería lógico hacer esto? Pues lo mismo ocurre con el cáncer.
Aunque tratemos de imaginar al cáncer como a un demonio que viene desde fuera a arruinar nuestra vida, la realidad es muy distinta. El cáncer surge de nuestro propio cuerpo, no tratemos de externalizarlo como un asaltante, pues es tan nuestro como nuestro cepillo de dientes o nuestro café de la mañana. Las células que componen nuestro cuerpo están renovándose continuamente mediante un proceso denominado división celular. Por increíble que parezca, el estómago que tenemos hoy no va a ser el mismo que tengamos dentro de una semana, ni ese será igual al que tengamos dentro de un mes. Incluso las únicas células que parecían ser la excepción a esta regla, las neuronas, se ha descubierto recientemente que sufren la denominada neurogénesis.

Nuestro cuerpo está en constante cambio y tal maravilloso fenómeno requiere de un mecanismo complejísimo como es la división celular o mitosis. Este mecanismo implica la duplicación de la información contenida en las células que les permite funcionar correctamente, el ADN. Tras este proceso de copia, el cuerpo de la célula deberá dividirse en dos, repartir sus componentes en partes iguales, y finalmente las dos nuevas células deberán crecer hasta alcanzar el tamaño tan original. 
En un proceso tan intrincando y complejo, ¿no cabría la posibilidad de que algo fallase? Pues así es, la verdad es que continuamente aparecen errores. Estos errores la mayor parte del tiempo concluyen en la muerte de la célula, que no puede seguir viviendo debido a este fallo. No obstante, en otras ocasiones, la célula consigue subsistir con ese fallo y el error cometido durante la división celular trastorna a la célula, la vuelve loca por completo. Esta célula va a comenzar a dividirse sin control alguno, transmitiendo su error a sus hijas y constituyendo una anomalía en nuestro cuerpo que va a extenderse progresivamente. A este proceso es a lo que llamamos cáncer. No son más que células de nuestro cuerpo que han perdido el rumbo de su vida.

Desde luego hasta aquí, la teoría no es demasiado difícil. No obstante, como hemos dicho, cada tipo de cáncer tiene su propia personalidad que lo hace diferente al resto. Podemos encontrar desde el terrible cáncer de páncreas, mortal en más ocasiones de las que desearíamos, hasta la hiperplasia benigna de próstata, que afecta al 80% de los hombres llegados a la edad de 80 años. Es decir, raro es el hombre que no padezca cáncer a partir de los 80 años. Podría decirse que lo normal en un varón de 80 años es padecer cáncer. No os lo habíais planteado, ¿verdad?
Vamos a ir un paso más allá. Cada tipo de cáncer se comporta de forma distinta según su estadío. ¿Y qué es el estadío? Pues digamos que es su madurez. Al igual que nosotros, el cáncer no es igual en su niñez, en su adolescencia o en su vejez. Según esté más bien en su inicio o en un estado de progresión más avanzado, el cáncer tendrá unas características u otras. Por todo esto, la mejor manera de luchar contra el cáncer es saber sobre él, investigarlo en profundidad. Al igual que a una persona no podemos catalogarla a primera vista únicamente por ser alta, flaca, español, joven o camarera; al cáncer hay que abordarlo de la misma manera. Cuanto más conozcamos sobre él, más armas tendremos para combatirlo.
Disponemos de tres principales armas para combatirlo: cirugía, radioterapia y quimioterapia. Es quizá esta última la que suscita más debate. La “quimio” no es más que un medicamento administrando directamente en la sangre con el objetivo de matar directamente las células cancerosas. ¿Cuál es el problema de esto? Al fin y al cabo, las células cancerosas nos pertenecen y no se diferencian apenas de las células normales de nuestro cuerpo. Digamos que asesinamos las células cancerígenas a cañonazos, a costa de sacrificar nuestras propias células sanas. De hecho, de entre los principales efectos adversos de la “quimio” y la imagen que tenemos en nuestra cabeza de una persona con cáncer es la ausencia de pelo. Esto no es más que la consecuencia del bombardeo al que sometemos a las células de nuestro cabello mediante la quimioterapia.

Por ello es tan osada la afirmación: “Han descubierto una pastilla que cura el cáncer”. Pero dime, ¿qué tipo de cáncer? ¿En qué estadío? ¿A qué dosis? ¿Durante cuánto tiempo? Los fármacos usados para tratar el cáncer tardan años en ser aprobados, debidos a los múltiples efectos secundarios que ya hemos mencionado. Del mismo modo sentencias del tipo: “Los teléfonos móviles dan cáncer” no debemos aceptarlas de inmediato. A partir de ahora, trataremos de informarnos: ¿qué clase de cáncer pueden producir? ¿Bajo qué condiciones? ¿Cuánto tiempo de exposición es seguro? ¿Qué cantidad de radiación es cancerígena?
En resumen, la mejor manera de combatir el cáncer es saber sobre él, que nos sea familiar. Por este motivo es de tan suma importancia la constante investigación sobre los diversos tipos de cáncer. No lo convirtamos en una sombra o pesadilla nocturna que nos aceche y nos aboque al silencio y el miedo. El conocimiento es poder y, en este caso, el dicho se aplica a la perfección.