ADRÍAN DOÑA; ¿LIBRES?

Cuenta la historia que los ancestrales dioses griegos podían hacer oír su voz a través de los oráculos: mensajes pronunciados en voz de sacerdotes y adoradores en respuesta a las plegarias de los mortales. Edipo, Perseo, Heracles; toda su leyenda estuvo plagada de vaticinios, voluntad de los dioses, que inspiraron historias admiradas por un sinfín de culturas hasta la nuestra, a la que alcanzan gracias a la labor de recopilación y reinvención que llevaron a cabo los magistrales escritores clásicos en sus tragedias. La trama era simple: un héroe trata de ser libre, pero ha de enfrentarse a un poder mayor —su destino—, hilvanado por los dioses y escrito ya en las estrellas. Tras estas «trágicas» representaciones se esconde en realidad una oscura pregunta que no ha sido ni mucho menos respondida aún: ¿existe el destino?, ¿son libres nuestras acciones? El presente ensayo tratará de explorar las posibles respuestas que se han ofrecido a estas preguntas a lo largo de la historia desde puntos de vista muy variados, empezando por las Ciencias Naturales y concluyendo con las Sociales.
Ya desde los primeros jadeos de nuestra joven racionalidad, ha existido el temor —o, en ocasiones, la convicción— de que el libre albedrío no era más que una fábula con la que ilusionar a los más inmaduros. No obstante, lejos de atribuir esa falta de libertad del ser humano a la voluntad de un ser superior, nuestro afán por dar una explicación racional a todo ha materializado esta creencia en una doctrina en sí misma: el determinismo. En resumidas cuentas, este afirma que todo suceso, incluidos la acción y el pensamiento humanos, forma parte de una sucesión de causas y efectos inquebrantable que, como no podría ser de otro modo, determina qué será lo siguiente en ocurrir. De este modo, todos los acontecimientos tienen un antecedente y un consecuente y, en caso de que fuera posible conocer el estado de todos los elementos del universo en un momento, se podría saber con total seguridad todo lo sucedido con anterioridad y lo que sucederá en un futuro.

Este último concepto se corresponde con la primera forma que toma el determinismo causal (por el que comenzaremos por ser el más «fuerte», esto es, más contrario al libre albedrío), propuesto por el astrónomo y matemático francés Pierre-Simon Laplace a partir de la idea de un ser —que pasaría a denominarse demonio de Laplace— capaz de conocer la localización y velocidad precisa de cada átomo existente. Desde esta visión mecanicista del universo, el ser humano, así como el resto de seres vivos, no podría sino seguir las leyes físicas impuestas por el cosmos y en ningún momento sería capaz de actuar libremente. Al fin y al cabo, nuestro cuerpo —y, en particular, nuestro cerebro— está compuesto por átomos cuyo comportamiento se fija a unas normas, que podemos conocer o no, pero que indudablemente están ahí.

De este modo, el determinismo causal niega cualquier forma de libertad e incluso de azar. No es sorprendente, por tanto, el hecho de que existan máquinas e incluso personas, entrenadas precisamente para ello, capaces de obtener «siempre» (dentro de un margen de error) el mismo resultado al lanzar una moneda al aire. Llegamos, pues, a una pregunta obvia: ¿cómo es posible entonces que el mundo se nos antoje tan azaroso en ocasiones, o que sintamos realmente que tenemos al menos un grado de libertad en nuestras decisiones?

Más por fortuna que por desgracia, hallamos la respuesta en los entresijos de la relativamente neonata Física Cuántica, encargada de investigar el comportamiento de los átomos y sus componentes principales. Según esta disciplina, la trayectoria de un átomo no tiene por qué ser la misma dadas unas mismas condiciones iniciales, esto es, varía cada vez que se intenta reproducir. Y es que en el mundo cuántico —donde las escalas de medida son del tamaño de los átomos— no se puede predecir con exactitud el futuro o el pasado de un sistema, sino que solo se nos reserva el conocer las probabilidades de que se den los diferentes estados posteriores posibles del sistema; dicho de otro modo, no hay nada «imposible», solo improbable. Esta afirmación tiene, empero, cabida en la doctrina determinista, en el conocido como determinismo débil.

No obstante, la visión física del mundo no es suficiente —al menos por ahora— para justificar la determinación o no del comportamiento humano, para lo que debemos referirnos a otras disciplinas, como las Ciencias Sociales. Dentro de estas, quizá la primera teoría determinista, o que mengua nuestra libertad, es la del contrato social, y en particular la del inglés Thomas Hobbes. Según este filósofo, el libre albedrío del ser humano se limita con el fin de permitir la convivencia de la sociedad, de cualquier otro modo se haría justicia a las palabras que él mismo popularizó: «homo homini lupus». Para los contractualistas, el libre albedrío del ser humano necesita ser restringido para asegurar la estabilidad de una comunidad, por medio del respeto de unos derechos individuales, no exentos de unas correspondientes obligaciones. Si bien esta no es una forma estricta de determinismo, supone un importante condicionamiento a nuestro comportamiento en la vida dentro de una sociedad, sesgando nuestras posibles decisiones y limitando nuestro campo de acción.

En esta línea, han aparecido numerosas teorías deterministas centradas en factores como la economía, la cultura, la localización geográfica e incluso el clima, para las que nuestras acciones y formas de pensar están condicionadas por nuestra situación en cada uno de esos campos. Particularmente, una de estas formas de sesgo es el determinismo lingüístico (una vertiente del determinismo cultural), recogido en la denominada hipótesis de Sapir-Whorf, que afirma que existe una relación entre la estructura del lenguaje materno de una persona y su forma de concebir el mundo, idea reflejada de forma magistral en el filme ‘Arrival’, a cargo del director Denis Villeneuve, basada en el relato ‘Story of Your Life’, del estadounidense Ted Chiang. En esta obra se novela la posibilidad de la existencia de un lenguaje que, por ser capaz de cambiar por completo nuestra estructura mental, nos permite ver acontecimientos pasados o futuros.

A modo de conclusión, es preciso reflexionar sobre las implicaciones de cualquier tipo de determinismo. Si nuestras acciones, nuestros pensamientos o sus efectos están ya determinados, se pierde por completo la noción de responsabilidad —tanto de crédito como de culpa—, no siendo necesario por tanto justificar ninguno de nuestros actos. Ante esto, necesitamos dirigir la mirada hacia atrás, a los antiguos héroes de las tragedias clásicas: aunque el destino —ya sea un determinismo físico, social, cognitivo o incluso teológico— parezca estar escrito, vale la pena luchar para cambiarlo.

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